La propuesta parte del concepto de Intercambio Cultural como motor de creatividad y fomento de relaciones transversales e interdisciplinares entre la cultura china y la española. Este cruce entre oriente y occidente no consiste en una mezcla heterogénea y sin conexión, ni en una simplificación reduccionista que busca homogeneidad; el Centro de Intercambio Cultural España China apuesta por lo intercultural , en vez de lo multicultural, y por la transversalidad en vez de la diversidad. Se trata de crear un ámbito de encuentro en el que pueda surgir un nuevo conocimiento, una nueva experiencia y nuevas relaciones interpersonales precisamente a partir de esa intersección.
El espíritu transversal del proyecto se manifiesta tanto en la concepción del edificio como un laboratorio de investigación a todos los niveles, como en su ubicación en el solar, su relación con el entorno existente y su formalización espacial y material.
Vivimos en la era de la redes, la complejidad y los tiempos fluidos; nos hablan de la sociedad de la información, del espectáculo y la caducidad, y la arquitectura se suma a este reto de supremacía de la imagen, del impacto máximo y la obsolescencia instantánea. El solar de la propuesta funciona como metáfora de esta modernidad líquida que vivimos; está ubicado en el nudo sur de
El CICEC funciona como una red compleja; es decir ,una red construida a través de miles de conexiones que potencian la innovación creativa y la inteligencia colectiva. El edificio se entiende como un organismo vivo, que se construye a través del diálogo, y siempre apostando por la transversalidad, por la disolución de los límites entre disciplinas, conectando con lo que ocurre en la ciudad y donde existe relación recíproca dentro-fuera, donde no sólo sea el edificio el que exponga ideas, sino que el visitante traiga ideas al edificio. Uno de los conceptos clave del proyecto, es que los usuarios del CICEC no acuden a consumir cultura, sino a ser parte de ella.
Aunque hablemos del CICEC como una red compleja, su formalización es aparentemente sencilla, puesto que uno de los parámetros básicos a la hora de configurar el espacio es la diafanidad, la libertad y la renuncia a espacios hiperdiseñados que no permiten el cambio y crecimiento.
El desarrollo geométrico formal de la propuesta parte del análisis y compresión de la tradición y el concepto del espacio chino, que se basa en una experiencia secuencial de una parte a la siguiente, con un fluido infinito. De este modo, el espacio se ordena como un espacio aditivo, extendido horizontalmente en dos dimensiones, un movimiento de ritmos rectangulares que enriquece y da profundidad al espacio. El resultado es una concentración de espacios que se expanden y contraen, que pueden tener distintas alturas y de techo plano. El todo como la suma de las partes, ya que no persigue la posibilidad de la percepción del todo como en nuestras raíces griegas, donde los que se busca es el impacto visual a fin de comprender las cosas en su totalidad.
La configuración del edificio se realiza a través de un mecanismo de adición espacial; formas cúbicas de diferentes tamaños van colocándose sucesivamente de forma libre y adaptándose a lo que ocurre en el interior. A estos elementos se les aplican unas fuerzas de compresión-expansión, convirtiendo el edificio en un conjunto de bandas programáticas que articulan el espacio interior y generan a su vez espacio urbano.
El resultado final es un esquema longitudinal de circulaciones que atraviesa todo el edificio, y donde se sitúan esos espacios para el encuentro y las relaciones transversales. A este marcado eje longitudinal se le agregan los espacios programáticos más concretos en los laterales del edificio, siempre sin renunciar a la permeabilidad entre diferentes programas y estancias.
















